Crecí en un ambiente profundamente católico.
Estudiaba en una escuela religiosa, mi familia iba a misa todos los domingos y el rosario era casi una rutina diaria.
Pero con el tiempo entendí que mi fe no está en los rituales, ni en los títulos, ni en los hombres con sotana. Para mí, la Iglesia no es el Papa, ni los sacerdotes, ni las monjas. Es un espacio sagrado donde me conecto con Dios, aunque quien hable en el altar sea solo un mortal.
Hubo un tiempo en que dije que no creía en la Biblia. No era cierto. Lo que no creo es en interpretarla con falta de sentido común. La Biblia fue modificada por hombres, y eso la hace imperfecta. Pero también he descubierto, con el paso de los años, que hay una verdad muy profunda en su mensaje.
A medida que crecí, me hice más creyente.
Ahora rezo todos los días, no por obligación, sino porque encuentro paz en ello. Creo que ser buena persona, ayudar a quienes lo necesitan, y actuar con conciencia es lo que nos hace dignos del cielo.
Creo en Dios, en Jesucristo, en la Virgen María, y en todos los ángeles y los santos. No necesito intermediarios para sentir su presencia.
Pero siempre mantuve una convicción: no confío en el Vaticano.
Cuando murió Juan Pablo II estaba muy pequeña y no me interesaba quién sería el siguiente Papa. Hasta que llegó Francisco.
El Papa Francisco falleció el 21 de abril de 2025.
Muy pocos hablan del daño que causó a la Iglesia. Fue entonces cuando me di cuenta de que sí importa quién representa a la Iglesia Católica. Me di cuenta al ver las consecuencias de una gestión entregada a las agendas políticas y al relativismo moral disfrazado de misericordia.
No todo se debe aceptar.
No toda cultura merece el mismo espacio si atenta contra la libertad, la dignidad o la seguridad de los demás.
Lo políticamente correcto exige que callemos mientras se abren las puertas sin filtro. La migración masiva, promovida como acto de compasión, ha traído caos a muchas naciones que no estaban preparadas para adaptarse a quienes ni siquiera intentan adaptarse a ellas.
La verdadera compasión no anula el discernimiento.
No tengo problema con la diversidad. Tengo problema con la imposición de ideas, con la tolerancia obligatoria hacia lo que pone en riesgo a los más vulnerables, y con una Iglesia que en vez de guiar se doblega para agradar.
Yo no escribo esto desde el odio. Lo escribo desde la fe.
Una fe que no necesita marketing ni portavoces globalistas.
Una fe que no tiene miedo de decir: sí, creo en Dios… pero no creo en todo lo que los hombres hacen en su nombre.
Por eso, ahora entiendo lo importante que es que el próximo Papa represente verdaderamente a la Iglesia Católica.
Si lo que queremos es un Papa que se apegue a agendas políticas, entonces dejemos de llamarlo Papa y elijamos un presidente para el Vaticano.
Para mí, la mejor opción es Robert Sarah. Porque aunque los extremismos son peligrosos, necesitamos a alguien con pensamiento ortodoxo que rescate lo que queda de nuestra fe. Alguien que nos devuelva la convicción, no que la diluya para quedar bien con todos. Alguien que salve nuestra religión, que nos salve de ser eliminados por nuestras creencias.
Ya vimos lo que pasa cuando la permisividad se convierte en norma: llega el abuso, el silencio, la manipulación.
La Iglesia está para respetar la palabra de Dios, para portegernos, no para hacer que los que aún usamos el sentido común nos sintamos como racistas o intolerantes.
Y si hay algo que debe quedar claro después de todo esto, es que callar por corrección política no es respeto.
Es abandono.
